Así la dejaron, como se deja una figurita en una estantería; una que un día adornó un lugar privilegiado de la casa, hasta que llegó otra nueva y la desplazaron a una despensa donde el polvo se acumulaba y sólo quedaba esperar recuperar lo que alguna vez creyó suyo.
Pero ella no quería resignarse a vivir con esa sensación de figurita olvidada, venida a menos.
Quería salir de aquella alacena en la que parecía haberse quedado atrapada.
No fue fácil, pero consiguió hacerlo, paso a paso.
Imaginó a esa figurita sacudiéndose el polvo acumulado durante años, saltando hacia un lugar donde realmente fuera valorada, y no apartada por si algún día la otra se rompía.
Al principio dolía más. Cada paso hacia la salida pesaba, pero poco a poco alejarse de aquel rincón dejó de dar miedo.
Y la figurita encontró otro lugar, otras personas que supieron darle el valor que antes no quisieron ver en ella.
Entonces dejó atrás aquel sitio, y también a quienes nunca fueron capaces de reconocer lo que realmente valía.
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