La almohada empapaba sus lágrimas como la tierra se empapa de la lluvia.
Amanecía y sus ojos aún no se habían cerrado, mirando una lejanía que no iba más allá de las paredes de su dormitorio.
Sus pensamientos, a veces, quedaban estancados en una imagen que no quería ver.
Él con otra, cuando aún estaba caliente el hueco en su cama.
Lo peor de todo era no comprender cómo había sucedido.
Pero sucedió, y mientras ella sentía los cortes en su corazón roto, él sonreía a otro corazón.
Y llegó un día tardío en el que ya su almohada no se empapaba de lágrimas, ni veía el amanecer desde su ventana, y el hueco que dejó se tornó frío.
Tan frío como los pedazos de su corazón, pero aun así podía volver a amar.
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